Martes, 04 de noviembre de 2014

Semana 45. 308/57
Carlos Borromeo.

Cuando, en 1933, los nazis alcanzaron el poder en Alemania, a Sigmund Freud sus amigos le aconsejaron huir de Austria. Pero el fundador del psicoanálisis prefirió permanecer en su residencia de Viena debido a su deteriorada salud. Hacía tiempo que sufría cáncer de paladar, lo que le provocaba intensos dolores, aunque no por ello había abandonado su afición a los puros. Además, confiaba en que el gobierno de su país, de inspiración católica, constituyera una barrera frente a las pretensiones de Hitler. Cinco años después, las tropas del Tercer Reich invadían Austria. Los nacionalsocialistas allanaron su domicilio, quemaron públicamente sus libros e interrogaron a personas de su entorno, entre ellas a su hija menos, Anna, también psicoanalista. Las fuerzas policiales le obligaron a firmar un documento conforme había recibido un buen trato. Ante semejante abuso de poder, no pudo más que responder con sarcasmo: "recomiendo calurosamente la Gestapo a cualquier persona de bien".

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