Jueves, 28 de enero de 2016

Semana 4. 28/337
Tomás de Aquino.

Cada uno suele oír distinta su propia voz. Cuando oímos a alguien hablar, nuestros oídos recogen el cambio de presión del aire y esta hace vibrar los huesos del oído medio, lo que libera un fluido en la cóclea (oído interno) para que se muevan unas células pilosas que tenemos en el interior y manden una señal eléctrica al cerebro. Nuestras propias cuerdas vocales vibran en nuestro cráneo y otras cavidades, como la cavidad nasal, pueden amplificar la vibración saltándose el oído medio y dirigiéndose directamente a la clócea. Las bajas frecuencias (sonidos graves) prefieren este método de contacto directo, por eso a menudo creemos que nuestra voz es más grave de lo que es en realidad y no la reconocemos.

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