Martes, 14 de marzo de 2017

Semana 11. 73/292
Matilde.

Aunque parezca extraño el gazpacho, la sopa fría por excelencia compuesta por hortalizas como tomates o pepino, existía antes de que se descubriera América, aunque estos productos aún no se conocían. Ya en el siglo I a.C., lo legionarios romanos ya llenaban sus cantimpoloras con una especie de gazpacho blanco, llamado posca, hecho a base de agua, vinagre, sal, ajo y aceite.
La combinación no estaba escogida al azar: había una intención en cada ingrediente. Al agua que bebían para hidratarse cuando el calor apretaba, los soldados le añadían vinagre -ácido acético-, que produce sensación de frescor y actúa como agente antimicrobiano que elimina los gérmenes del agua y evita así enfermedades como la disentería. El ajo se incorporó tras las campañas de Roma en Egipto, tiene un efecto vasodilatador: hace que los vasos sanguíneos se ensanchen. A ras de piel, esto refresca el cuerpo y suaviza los estragos del bochorno al que se exponían los legionarios. Al añadir sal a la mezcla estos contaban con una eficaz bebida isotónica que les permitía reponer sales minerales y retener líquido. Y unas gotas de aceite aportaban energía en forma de grasas monoinsaturadas. La fórmula iba a mejorar siglos después con la llegada del tomate. Gracias a su contenido en licopeno, un antioxidante diez veces más potente que la vitamina E, sus propiedades saludables aumentaron aun más.

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