Lunes, 27 de marzo de 2017

Semana 13. 86/279
Ruperto.

La Pascua es una de las festividades más importantes del calendario ortodoxo, y en Rusia es tradición el intercambio de huevos, una costumbre a la que no eran ajenas la realeza y la aristocracia. En 1885 el zar Alejandro III cumplió con una tradición, con todo el lujo que cabía esperar de una de las cortes más ostentosas de Europa, encargando a Peter Carl Gustavovich Fabergé, el joyero más famoso del Viejo Continente y, ya por aquel entonces, artesano de cabecera del monarca, la fabricación de un huevo digno de una reina. Se trataba de un regalo muy especial para su esposa, la emperatriz Maria Fiódorovna, y debía inspirarse en un deslumbrante y célebre huevo de Pascua perteneciente a las colecciones reales danesas para calmar así la nostalgía de María, hija del rey Cristian IX, hacía su país natal. Tal fue el éxito del exclusivo regalo que, desde entonces, cada año Fabergé fabricaba un nuevo huevo, diferente al anterior y exclusivo, para satisfacer el apetito de la emperatriz por las joyas. Con el paso de los años, la costumbre terminó por institucionalizarse en la casa Romanov. Al morir Alejandro, su hijo Nicolás II mantuvo viva la nueva tradición, además, el prestigio internacional de Fabergé, que se entregaba a la tarea con esmero: elaboraba cada huevo durante varios meses, combinando diferentes técnicas que produjeron algunas de las obras cumbres de la orfebrería de todos los tiempos.

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