Mi?rcoles, 31 de diciembre de 2008

Semana 53. 366/0
Nochevieja.

A principios del siglo III a. de C., el belicoso territorio de Epirro, al oeste de Grecia, era gobernado por Pirro, un rey guerrero en cuerpo y alma del que se decía que tenía el talante de Alejandro Magno y había heredado la fuerza de Aquiles.

Hoy, Pirro es considerado uno de los generales más sagaces de la Antigüedad, pero a él le corresponde el dudoso honor de dar origen al término “victoria pírrica”. Y es que, para Pirro, sus triunfos distaban mucho de serlo.

En 280 a. de C., los ciudadanos de Tarento, una antigua colonia griega del sur de la península Italica, solicitaron ayuda a los epirotas, pues temían ser víctimas del expansionismo de Roma. Pirro vio la oportunidad de llevar su influencia al otro lado del Adriático y acudió con un formidable ejercito de 20.000 infantes, 3.000 caballeros, 2.000 arqueros, 500 honderos y 20 elefantes de guerra. La primera batalla importante tuvo lugar en Heraclea, al norte de Tarento. Aunque los elefantes atemorizaron a los 35.000 romanos que se les oponían éstos se mantuvieron firmes. Aún así, y a un alto precio -7.000 bajas romanas por 4.000 epirotas-, se impusieron las huestes de Pirro. Un año más tarde, éste decidió asediar Ausculum. Entonces, un contingente romano de 45.000 hombres intentó romper el sitio. En el enfrentamiento murieron 6.000 de ellos, pero también 3.000 epirotas. Tras la retirada de los contendientes, un personaje del círculo de Pirro acudió a felicitarle pro la victoria. Entonces, el estratega comentó “sí, otra victoria así y estamos perdidos”.

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