Mi?rcoles, 22 de agosto de 2018

Semana 34. 234/131
Sigfrido.

Su naturaleza insaciable y su temperamento irascible son legendarios. Enrique VIII fue un hombre dispuesto a conseguir cuanto deseara sin detenerse ante nada. Se casó, poco antes de ascender al trono, con Catalina de Aragón. Enseguida ejecutó por traición a Edmund Dudley y a Richard Empson, dos de los consejeros de su padre, en lo que se convertiría en su patrón de conducta. De Tomás Moro a Thomas Cromwell, Enrique cortaría la cabeza de todo el que amenazase su corona o la secesión de Inglaterra de la iglesia católica. Fue tan famoso por su ambición como por su número de esposas, siempre en busca de un heredero varón, y por su desaforada lujuria. La anulación de su primer matrimonio para casarse con Ana Bolena obedecía a los dos principios. Como es sabido, Ana no tardó demasiado en tener la cabeza bajo la espada del verdugo, acusada de infidelidad, traición e incesto. La siguiente, Jane Seymour, murió tras dar a luz al futuro Eduardo VI. Luego llegó Ana de Cleves, de la que se separó enseguida y después, la católica Catalina Howard, que fue ejecutada por adulterio con su secretario, Francis Dereham, pese a que ella juraba que fue violada. La última de todas, la calvinista Catalina Parr, le sobrevivió. El número de ejecuciones ordenadas por Enrique VIII no se conoce, pero se estima que fueron entre 57.000 y 72.000. En su crueldad, incluso declaró legal la inmersión en agua hirviendo como ejecución.

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