Viernes, 21 de diciembre de 2018

Semana 51. 355/10
Pedro Canisio.

Precisar el origen de la costumbre de intercambiar obsequios como forma de festejar un determinado momento del calendario y manifestar de manera material los buenos augurios, resulta tarea difícil, pero existen fechas en las que parece haber cierta coincidencia.

Se le atribuye a Tacio, rey mitológico de los sabinos que compartió con Rómulo -fundador de Roma- el trono y la corona de la Ciudad Eterna, el haber iniciado la costumbre de recoger ramos de verbena el primer día del año en el bosque consagrado a Estrenia -diosa de la salud y el vigor-, para implorar por su divina protección y después obsequiarlos, en un principio a Rómulo, y después a los parientes y amigos. El obsequio de la humilde planta fue pronto remplazado por regalos cada vez más suntuosos que se llamaban strene.

Por otro lado, muchas culturas de la Antigüedad eligieron el solsticio de invierno (entre el 21 y el 22 de diciembre) para festejar a alguna de sus deidades. Entre ellas destacan: Mithra, que en sánscrito significa «amigo», que era el dios de la luz solar, objeto de culto en la India y en Persia, y cuya fiesta se celebraba el 25 de diciembre, con la culminación del solsticio invernal; Apolo, dios latino que correspondía al Helios griego, que era celebrado también el 25 de diciembre en la fiesta del Natalis Solis Invicti o «nacimiento del Sol invicto», y Saturno, dios de la agricultura y de las cosechas, que era celebrado durante las Saturnales (que iniciaban el 17 de diciembre y concluían el 25) de diversas maneras: ofreciendo al público grandes banquetes, dándose obsequios e intercambiando papeles entre amos y sirvientes.

La Iglesia católica no sólo adoptó de los paganos la fecha del 25 de diciembre como la del natalicio de Jesús, sino también la costumbre de intercambiar regalos. Éstos no sólo se reparten en la Navidad, sino también en la Epifanía del 6 de enero, que rememora la adoración del Niño por los Magos y de los obsequios simbólicos de oro, incienso y mirra. También se adoptó la costumbre de dar los "aguinaldos bautismales», que eran los regalos que se intercambiaban los padrinos con los padres del recién nacido.

Durante la Edad Media, las monarquías y la aristocracia de los reinos europeos mantuvieron viva la costumbre de los étrennes, aguinaldos y regalos pascuales que, en muchos casos, se convirtieron en pesados tributos que gravitaban sobre los súbditos.

Una costumbre ya perdida que data del medievo europeo, era la de montar, en la noche de san Silvestre (31 de diciembre), a la entrada
 de las casas, mesas provistas de multitud de viandas y bebidas para que las disfrutaran los viajeros y transeúntes. La idea de obsequiar con motivo del fin de año se fue fortaleciendo en los países de Occidente. Al mismo tiempo, las familias adoptaron la costumbre de recompensar el buen comportamiento de los hijos pequeños con juguetes que dejaba Santa Claus en la Nochebuena o los Reyes Magos en la noche anterior a la Epifanía.

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